Fortnite para principiantes – LA NACION

-Mamá, ¿vos qué pensás que pasa después de la muerte?

Nada. Pasar no pasa nada, porque ya no hay nadie a quien pueda pasarle “algo” o “nada”. El tiempo se termina y si no hay más tiempo, tampoco hay historia. Es acaso demasiado para los ocho años. Podría haber arrancado con el cielo y el abuelo en la nubecita, mirando hacia abajo con rostro beatífico de Papá Noel, pero a veces, en esos momentos en que los hijos nos agarran tan poco preparados para “las preguntas difíciles”, somos honestos sin proponérnoslo. Si hubiera sido una escena en una película, en este momento la tostada habría salido despedida de mi mano, aterrizando en el sillón invariablemente sobre el lado de la mermelada. O quizá me habría atragantado con el té hirviendo, prolongando la tos lo suficiente como para diagramar una respuesta menos específica que la que quisiera darle. Pero no fue así. Él preguntó y yo respondí.

-Nadie sabe qué pasa cuando nos morimos -arriesgo, científica-. Todavía nadie logró volver y contarnos qué vio. Algunas personas creen que una parte de nosotros sobrevive. Yo prefiero pensar que los que nos quieren se quedan con algo nuestro y lo mantienen vivo.

-¿Como yo conozco al abuelo aunque no lo haya visto nunca? -responde, aferrándose a mi sentimentalismo.

Los desayunos al alba los compartimos solos, él y yo -su hermana adolescente maneja otros horarios y un mutismo que sería la envidia de una orden religiosa-. No tienen apuro y son uno de los pocos cambios provocados por la cuarentena que preferiría conservar cuando la nueva normalidad sea normalidad a secas. El temario de esas conversaciones gira invariablemente alrededor de dos tópicos: Fortnite y la muerte. Sobre las vicisitudes del juego poco tengo para aportar -es un monólogo salmodiado-, más allá que una tolerancia decreciente al sanguinario ¡rematalo con un headshot! que se oye a cualquier hora del día, exclamado con la vocecita angelical que aún retiene a su edad. La muerte es el otro tema. O quizá es el tema, y Fortnite apenas uno de sus parques de diversiones.

Los conteos diarios de contagiados, muertos y recuperados por el coronavirus, que lo alcanzan aunque se mantenga muy lejos de las noticias (tanto que cada vez que se equivoca con el control remoto y encuentra la TV en vivo se maravilla con el concepto como cualquiera nacido tras el advenimiento del streaming: “¿nadie está eligiendo ver este programa? ¿quién decide entonces qué sale?”).

Las estadísticas de la Covid-19 son su primer contacto directo con esa imposibilidad tan humana de entender cómo alguien puede dejar de existir. Las cifras millonarias lo apabullan, pero su mentalidad competitiva hace que se interese por saber en qué puesto estamos. “Tengo miedo por todo y por todos”, me dice, en un rapto de expansividad infrecuente. “Quiero tener una infancia buena”, remata y trato de no demostrar lo mucho que me preocupa que piense que la cuarentena ocupará años de su vida (y también me asusta la posibilidad de que no sea una exageración infantil). Quiero responderle que tiene mucho tiempo por delante para pensar en estos temas, que disfrutemos el sol que entra por la ventana, el dulce de naranja casero y que todavía falta una hora para su primera clase y para mi primera reunión. Me gustaría poder asegurarle que nadie que quiera va a morir nunca, tampoco él, que no hay de qué preocuparse. Opto en su lugar por la jugada peón-cuatro-Freud.

-Y a vos, ¿qué te parece que pasa cuando nos morimos?

-Sé que no es como en Fortnite, donde un amigo te puede revivir. Pero cuando sea viejito, por ahí sí -pone cara llena de dudas-. Lástima que no te va a servir. Te quedan cuarenta años, o por ahí, ¿no?

Jaque mate, doctor Lacan.

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